¿Recordáis la serie?

No soy Michael Scofield (por Dios, que horror ser tan guapo), ni Lincoln Barrows (por Dios que hermano más cenizo), ni tampoco T-Bag (que sanguinario y escalofriante). Solo soy un looser más encerrado en mi particular «Fox River».

Quizás, puestos a escoger personajes, me vería más como un poderoso narcotraficante, con «interface» pueblerina y encerrado de por vida en una celda llena de algodón de azúcar, con todo lujo y el soporte que el dinero manchado de sangre te puede dar dentro de una penitenciaría.

En innumerables ocasiones lo he escrito y he reflexionado sobre ello: «Esta es la única puñetera vida que viviremos conscientemente de lo que somos». La vida es una enorme prisión que recorremos cada día, encontrando  pasadizos, celdas, comedores, patios, salas de enfermería que jamás habíamos visto ni  imaginado. Y en esta prisión muchas veces estamos tratando de buscar nuevas formas de escapar (a eso algunos le llaman «felicidad»). Pero salir es imposible. Salir es empezar a morir. Y una fatal enfermedad la silla eléctrica que espera al reo sepultado de miedo sólo esperando respirar un minuto más.

Está siendo un julio muy complejo. Mentalmente hablando, turbado por sentimientos polarizados entre la soledad y la rabia. Un mes lleno de realidades que se transforman de nuevo en sueños y que acompañados de la melancolía de la noche arrastran enormes ganas de abrazar un único suspiro. 

No voy a negar que estoy preocupado. Pero no es por mi. Es porque por primera vez en mucho tiempo tengo miedo de verdad de defraudar a todos. 

Quiero escapar del miedo, pero es Julio. Y estoy encerrado en una celda de máxima seguridad.

(Continuará…)

 

 

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