Cuenta una leyenda que en mi ciudad vivió una mujer que tenía un don: el don de convencer.

Durante su infancia, la pequeña Sonia no era consciente de su don. Aun así creció de un modo distinto al resto de los niños de su edad. Le pasaba algo que no podía controlar. Por alguna extraña razón, siempre conseguía de los demás aquello que ella quería. Sin excepciones. 

No tuvo muchos amigos. Los que se acercaban a ella lo hacían por interés, por que veían cómo Sonia siempre se salía con la suya. Pero su amistad no duraba mucho: en algún momento, normalmente sin querer, Sonia conseguía convencerlos. En todo. Al final, siempre acababan abandonándola hartos de ser marionetas pusilánimes. 

Pero como vivía rodeada de grandes satisfacciones, agotando al prójimo, no se molestó en entender.

Además, Sonia era lista, y ya cuando creció, en la facultad, empezó a ser consciente de su don y lo empezó a aprovechar, con hambre atroz, como un adicto que necesita cada día más.

Así, en cuestiones académicas, no le costó Doctorarse en Ciencias de la Comunicación, claro, siempre gestionando sus calificaciones tras sesiones de despacho, y no ofreciendo favores o con intrincadas astucias sino únicamente con su arma letal: convencer.

En su vida personal, escogió deliberadamente su grupo de «amigos» (de hecho tuvo que convencerlos para que formaran parte de su vida) y los manipulaba, constantemente, hasta la saciedad, incluso los convencía cuando querían abandonarla. Sus romances iban y venían a su antojo, simplemente con una mirada a los ojos hacía lo que quería con los hombres. Y con ello se sentía tan poderosa !!

Con tanta seguridad, con tanto aplomo, con tanto convencimiento, no le costó montar su imperio profesional. Una brillante agencia de comunicación que se expandió con éxito en todo el país. Tanto, que casi tenía el monopolio a gran escala. Casi.

La inconsciencia de su don llegó más allá: Sonia era una auténtica y bárbara mala persona y ya no podía escudarse en la inmadurez de su infancia o incluso su juventud. Su imperio carecía de consciencia, por que se basaba en su convencimiento, avasallando y pisoteando y obligando a cambiar de parecer a todos los que se interponían en su camino.

Y casi lo logró todo. Casi.

Porque aunque las cosas grandes existen por casualidad y las pequeñas están en todas partes, un buen día, dispuesta a culminar su abominable plan de expansión, aun no exhausta de poder, puso en el punto de mira el despacho de una pequeña empresa de comunicación que se resistía a ser absorbida por el gigante. La «Galia» de las noticias lo llamaban.

«¿Cómo podía ser eso? Que desfachatez! » pensaba Sonia constantemente… Así que organizó un encuentro con el Director de esa compañía. Y cómo siempre sucedía…, al oír las «sandeces» que se interponían en su camino, en plena reunión, sin pronunciar palabra, miro a los ojos de esa persona. Le sonrió con dulzura y esperó a que se postrara ante ella.

Pero allí ocurrió algo que jamás había vivido….

«No»…

Aguantó la respiración. Se mareó un poco pero se recuperó en seguida.

Volvió a mirarlo.

Él sonreía.

Cerró los ojos pensando «es imposible». Y repitió la mirada, esta vez acompañada de palabras… «Debes hacerme caso. Hoy venderás tu empresa. Mis abogados cerrarán la operación. tendrás un buen precio y a cambio seguirás mis directrices».

«No». Reiteró aquel hombre.

Era inaudito. Abrumada por el odio que sentía en su interior vació todo su ser, sin mediar palabra, pero con una intensidad espeluznante. Puso tanto esfuerzo que una gota de sangre asomó por su nariz. 

Pero no ocurrió nada.

Aquel hombre, impasible, le dio la espalda y miró por el ventanal del despacho. El sol se estaba apagando. El silencio en la sala era tenso. Los segundos parecía que no querían avanzar. Sonia estaba destrozada. 

Lentamente, el hombre se giró y empezó a hablar…

«No voy a hacer nada de lo que me pides. Lo lamento… Bueno… en realidad…, no lo lamento. ¿Sabes? Como tú, yo también tengo un don. La vida me privó de algo muy preciado: la vista. ¿Ni te has dado cuenta verdad? Soy ciego. Pero a la vez que me dejó a oscuras, me gratificó con el don de ver cómo son las personas. Que mágica contradicción, ¿Verdad?. Pero es así: simplemente alguien se me acerca y todo su ser se postra ante mi.

Y tú, sin quererlo me has mostrado, a la vez que tu seguridad y esta capacidad que usas para convencer a todo el mundo, también todos tus miedos,…, Y tu verdad, se me ha revelado. Y con ello, he visto que, en lo más profundo de ti… No deseabas convencerme. No… Deseabas encontrar a alguien que te dijera que <<no>>…

Ya lo has encontrado. Y de nuevo, me has convencido así que aquí lo tienes: «NO«.

Ahora puedes marcharte y descubrir que el <<don>> se ha convertido en la más profunda maldición. Y estás atrapada en ella. Puedes escoger: deshacerte de ello y convertirte en persona o seguir sucumbiendo en esta falsa realidad. No me des las gracias pues el camino que deberás seguir es, en cualquier caso, muy duro. »

Sonia estaba paralizada. Su corazón palpitaba. No sabía que sentía. Estaba débil. Vencida por un ciego a quién no pudo convencer.

Por su mente, como si de la muerte se tratara, pasaron cien mil imágenes por segundo, rememorando todo lo que había hecho en su vida. Hasta llegar a su niñez y recordar a Adrián, un niño de su infancia, en medio de un juego, en el que, aunque ella había sido descubierta en su escondite, Sonia, convenció al pequeño para que les dijera a todos que no. Y Adrián perdió. Y ella ganó. No podía olvidar las lágrimas de Adrián…

El hombre volvió a hablar:

«Lo he <<visto>> todo. Aunque no me hacía falta. Sólo tú puedes CONVENCERTE que debes cambiar«.

El hombre se giró y se fue.

Sonia se quedó sola en el despacho. Sacó su libreta del bolso y empezó a escribir esta historia.

Cuando terminó, se fue rápidamente a su empresa. Llamó a su redactor jefe de la división de contenidos telemáticos. Le mostró el relato y le pidió que lo publicara. El redactor, atónito con lo que estaba sucediendo, la miró esperando que ella lo convenciera para olvidarse de todo. Pero no lo hizo. El relato se publicó en todos los medios de comunicación del país al día siguiente.

Sonia acabó perdiendo todo aquello que no era de verdad. Perdió sus amigos, su empresa y hasta su título universitario.

Pero Sonia ganó su vida. 

Ahora Sonia trabaja en la redacción de aquella pequeña agencia. Se convirtió en los ojos del ciego. Ella ya no usa su don. Quizás ya no lo posee… Sólo persigue la verdad sin tener que convencer.

Nota al pie: siempre encontraréis a alguien que os diga que «no». No os preocupéis por ello. Preocuparos sólo si no estáis preparados para aceptarlo o si creéis, como Sonia, que nadie está a vuestra altura para deciros que «no».

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