¿Qué

buscas?

No busco nada. No encontré respuestas cuando trataba de obtenerlas. Y ahora, es demasiado tarde. Estoy demasiado lejos para volver a buscar. El camino es nuevo. Apenas recuerdo de donde venía. Por lo que tampoco tiene sentido mirar hacia detrás. Pero la vista tampoco me da para ver qué hay más allá.  Y entonces, pienso que me encanta quedarme sólo en el trabajo. Pero no sólo  como cuando haces una propuesta y nadie la respalda… y te dejan más tirado que a un perro sarnoso. No me refiero a ese tipo de soledad (por cierto, que gran canción! ). Me refiero a la soledad física. A la de los viernes por la tarde. Cuando todos se han ido ya. Y los pocos que quedan, extrañados, te miran mientras tú no dejas de golpear el teclado vomitando letras, palabras, frases y hasta algún párrafo.  Y cuando sólo quedan dos, parece una competición para ver quién aguanta más. Pero no hay color. Siempre soy yo. Y con pena, tu pobre contrincante te dice “Bueno, …, buen fin de semana,…, ¿Te queda mucho?”. A lo que tú respondes “pues un poquito sí…”. Y su cara es un poema como diciendo “¿…pero qué cojones hace éste? No entiendo nada!” Ohhh síiii…. Que placer!

Sí,…, sólo en el trabajo… Esperando. Esperando que pase algo, un ruido distinto. Algo…. Claro! Por eso disfruto de esta soledad, por la esperanza de encontrar sin tener que buscar, en este camino nuevo… En el que te sientes ya cansado y exhausto y vuelves a estar al inicio.

 

¿Qué quieres o esperas?

 

No quiero nada. La vida nos enseña cosas, muchas cosas; además de su crudeza y de su injusto y eterno equilibro, me ha mostrado cómo el querer te hace esclavo. Esclavo estúpido de fines dispersos, utópicos o no, tan absurdamente egoístas como inútiles. Querer es esparcir la felicidad en miles de frascos herméticos que no podrás jamás abrir y que acabarás rompiendo sin poder disfrutar.

Todo el mundo quiere algo. Pero ahora, en este punto del camino, me sucede que cuando pienso en querer, me imagino teniéndolo. Y al rato veo que realmente no es lo que quiero. Y pierde para mi su interés. En cambio, aquello que quiero sin pensar, se escapa constantemente de mi cabeza, de mis manos, de mi cuerpo y me abandona en un adiós, un jueves por la tarde.

No espero nada. Con la excepción de los viernes, aquí en el trabajo, sólo entre centenares de puestos vacíos, que como decía me hacen esperar que suceda algo para poder avanzar en el camino. Pero si soy sincero conmigo mismo. No sucederá. Y cuando sabes que algo no sucederá, es más estúpido aun que ser esclavo del querer, el seguir esperando. Y es que entre la esperanza y el querer hay una sucinta sutileza. En definitiva, un vacile del lenguaje para comprobar que mi esencia no se contradice…

 

¿Qué crees que sucederá?

 

No espero ni quiero saber qué sucederá. Por qué siempre me he equivocado. No por demasiado. Pero para predecir un futuro no hay espacio para el error por que en los detalles está la diferencia: los pequeños errores en las predicciones pueden (y ahí está la gracia, jamás es igual) variar el curso completo de una vida. Observar, escuchar, contemplar, …, es cuanto puedo hacer en este nuevo inicio de camino. ¿O final? No se puede saber en una autopista sin señales ni direcciones. ¿Vamos? ¿Volvemos? ¿Nos salimos hacia otra dirección? ¿Con qué objetivo si no sabemos nada del camino?

Fluir simplemente sin buscar ni esperar ni tratar de adivinar de donde partes o a donde vas.

 

 

Recuerdo con orgullo cuando era pequeño, buscar a mi abuela para explicar que su nieto había logrado salvar un pájaro pequeño del patio de casa…

-¿Dónde está la abuela?

-Está en casa de Emilieta, su amiga. Vamos a verla  -dijo mi hermano.

….

-Abuela! He salvado al pájaro que estaba en nuestro patio. Lo he podido coger -dije a mi abuela mientras dejaba el pájaro en el suelo, en el patio de la amiga Emilieta.

La mala fortuna hico que el pájaro, inocente, se acercará al perro de Emilieta. El cuál no dejó pasar la oportunidad y mordió al pájaro y se lo llevó a su rincón hasta arrancarle su preciosa cabecita.

Mi hazaña se vio completamente destrozada. Estallé en mil sollozos y lágrimas. Recuerdo al cruel de mi hermando riendo por la situación. A Emilieta cogiendo al perro y entre acariciándolo y riñéndole. Y mi abuela recriminándome dulcemente, mientras me abrazaba, con un “¿Por qué has traído al pájaro?”

 

La vida me enseñó muchas cosas esa tarde de infancia… Cuando quieres cosas inútiles y egoístas (en ese caso “mostrar mi hazaña” a la abuela), puede acabar por no servir para nada o destrozar la felicidad de los otros y tuya (la muerte del pájaro), sin justicia por lo sucedido (vaya con el perro) y con los que te quieren incluso azuzándote (sobre todo el gracioso de mi hermano).

Recuerdo que pensé, “si le cuentas lo del pájaro a tu abuela, esta noche te hará esa tortilla tan deliciosa”, tratando de adivinar el futuro.

Pero esa noche, no cené.

 

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